Para escribir este ensayo Betina Barrios Ayala se adentró en la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina para revisar y comentar un documento de 1831 que recoge las apreciaciones de un oficial británico acerca del sismo ocurrido en Venezuela en 1812. El manuscrito fue publicado y traducido al español por primera vez en 1974 por el Banco Central de Venezuela.
Betina cruza tiempos y latitudes, y trae al presente la burocracia y la vulnerabilidad que se repiten desde entonces, exponiendo las tensiones entre autoridad, abandono y desastre.
La revisión de este documento revela el peso de una ciclicidad que el país parece no haber sido capaz de romper. Aún.
LA NODRIZA.– En esto, comenzó a tambalearse
el palomar; y os aseguro que no hubo necesidad
de otros avisos para que me alejara de allí con
gran presteza.
Romeo y Julieta (1591-1596)
William Shakespeare1
El nombre que recibe el artista venezolano Tito Salas al nacer en mayo de 1887 es: Británico Antonio Salas Díaz.

Se forma en la Academia de Bellas Artes de Caracas junto a Federico Brandt y Armando Reverón. Vive en París para estudiar en la Academia Julián, donde encuentra a Jean Paul Laurens como maestro. Asiste a La Grande Chaumiere, y recibe clases de Lucien Simón, Courtois y Prinet. Después de recorrer Italia y España, obtiene medalla de oro en la Exposición de Bruselas. Retorna a Venezuela en 1911, y bajo la supervisión histórica de Vicente Lecuna, se convierte en pintor oficial de la nación al recrear diferentes escenas de la vida del Libertador. Una de las más imponentes será El terremoto de 1812, un reflejo trágico, heróico y romántico que ilustra uno de los sucesos más relevantes y decisivos en torno a la Independencia nacional y el surgimiento de la Primera República. En él aparece Simón Bolívar actuando con decisión en medio de la celebración de una misa entre escombros. El terrible sismo que acabó con la vida de más de 10.000 personas ocurrió un Jueves Santo. El 26 de marzo de 1812 a las 4.07 de la tarde. La costumbre en la época era dar inicio a los oficios religiosos a las cuatro en punto, por lo que una gran cantidad de civiles se encontraban agrupados dentro de iglesias y capillas. No tardó en aparecer la línea católica-realista para señalar que la catástrofe era un claro castigo divino a los patriotas por aquello de rebelarse contra la sacra autoridad del rey.
¿Cómo se habrá vivido este terremoto? ¿Por qué nuestra memoria sísmica se desvanece? Fuertes movimientos telúricos han sepultado ciudades enteras en Venezuela, se repiten de manera sistemática, aparecen en la memoria de padres, abuelos, amigos, maestros; en libros y espacios históricos; defensa civil y bomberos realizan entrenamientos y simulacros escolares, pero parecen señales vanas: el terremoto es un punto ciego.
En la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina existe un ejemplar de la primera traducción al español de un documento que data de 1831, The earthquake of Caraccas. Su autor constituye un misterio entre distintas hipótesis, y en el lugar que corresponde nombrarlo aparece la inscripción: “por un oficial de la legión británica”. El Banco Central de Venezuela lo recuperó en 1974 en razón del Cuatricentenario de la ciudad. La traducción es de Ángel Raúl Villasana, quien en su nota preliminar relata los avatares del manuscrito. “Este curioso libro” es un relato novelesco cuyo autor, según investigaciones, podría ser el capitán William D. Mahoney, o el también capitán Richard Longeville Vowell. Declara que quien escribe “fantasea a su antojo con los sucesos del año 12”, y que su “cultura literaria queda evidenciada por su galano estilo y atinados epígrafes, basados en citas de clásicos y contemporáneos”, y que “pese a las tergiversaciones, anacronismos y acomodos a que se encuentra sujeta la huidiza verdad histórica en narraciones de esta índole, el autor manifiesta constante veneración y simpatía por las máximas figuras de la Independencia venezolana –que él mismo contribuyó a defender en el campo de batalla–y por el proceso revolucionario del país”.


Este documento constituye un valioso recurso para pensar en la articulación de la historia, los desafíos que plantea la naturaleza al orden que inscribe lo humano en el espacio y cómo esto se relaciona con lo que ocurre en el territorio desde el punto de vista político y social. ¿Qué hacen quienes ostentan la autoridad frente a los desastres? ¿Cómo es que esto influye en el ánimo, la narrativa y el devenir histórico?
El oficial inglés abre sus memorias refiriéndose a las dificultades y retos que plantea la historia al narrar acontecimientos decisivos para las naciones. Diserta sobre la forma en que se desarrolla el debate entre especialistas para decidir qué ‘contar’, cuál sería el punto de vista, las causas, el origen y el cómo: “En efecto, si optan por atenerse al testimonio de quienes fueron contemporáneos de los sucesos, se verán inevitablemente confundidos o desorientados ante las afirmaciones parcializadas y contradictorias de los bandos en pugna”, dice.
¿Cuánto de esto continúa sucediendo? ¿Y qué otras cosas más?
El terremoto de 1812 asoló gran parte de la otrora Capitanía General de Venezuela que se encontraba bajo el control del reinado de Fernando VII. El sismo afectó especialmente a Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras poblaciones más pequeñas al centro y occidente venezolano. Resultaron abatidas cientos de edificaciones civiles y religiosas. A la devastación inicial se le sumaron nuevas pérdidas tras una fuerte réplica ocurrida el siguiente 4 de abril. Hubo incendios, falta de víveres y terribles enfermedades. De modo que el sismo tuvo una profunda repercusión en la sociedad, y ocupó un lugar clarísimo en el desarrollo de los acontecimientos que rodearon a las guerras de Independencia. La manera en que este fue interpretado y capitalizado por los diversos sectores en pugna es uno de los atractivos a encontrar en este documento. Sostiene que las independencias en las “colonias españolas de la América del Sur presentan ejemplos de notable y exaltada fidelidad hacia sus soberanos”, más “tales monarcas jamás se preocuparon por la suerte de esas colonias de tan vastos territorios”, sino en su condición de “fuentes” de enormes ingresos para la Corona.

Retumba la dinámica amo-esclavo internacional que no abandona la escena por más que la tierra se sacuda. Denuncia el narrador el cuantioso desorden y desdén que mostraría la Corona a la hora de fallar litigios en las colonias, desestimando memoriales en las “covachuelas” administrativas de Madrid, más “El Rey”, suscita en sus vasallos suramericanos “una sacrosanta veneración”. Sin embargo, en medio de la zozobra provocada por la ira terrestre, la sociedad fue renunciando a su condición de súbdita de un monarca incapaz de poner remedio a las injusticias abrumadoras que reinaban y a la imperante falta de protección que padecían.
“En la víspera del Jueves Santo, se disfrutó en Caracas de uno de aquellos seductores anocheceres, típicos de los climas tropicales, en que la puesta de sol es acogida placenteramente por toda clase de seres animados, como un alivio que estimula y refresca después del riguroso bochorno del día (...). Todos los habitantes comenzaron a dejar vacío el apiñado centro de la ciudad, esparciéndose por las diferentes avenidas que llevan al campo abierto; y los paseos públicos se llenaron prontamente de grupos de risueños criollos, que parecían haber acumulado su alegría para darle rienda suelta en esa hora (...). Las copas de los majestuosos álamos que orillaban los suburbios chispeaban con enjambres de luciérnagas que, al revolotear entre los árboles, casi hubieran podido ser confundidas con aquellos meteoros, no tan brillantes como ellas, que se desprenden de toda la extensión del firmamento, durante las apacibles noches que anteceden o siguen a los cálidos días del verano en las regiones cercanas a la línea ecuatorial (...). La mañana del Jueves Santo, apacible y sin nubes, anunciaba ya uno de los días más calurosos de aquel verano del trópico (...). Al rayar la aurora fue disparada una salva de artillería, señalando el aniversario de la fecha en que Venezuela se había separado de España para siempre (...) [en medio de los oficios religiosos de aquella tarde] un sordo estrépito, semejante al de un trueno lejano, se fue acercando, y todos los presentes se miraron sobresaltados, al darse cuenta de que aquellos eran los primeros síntomas de un inminente terremoto” (pp. 33-67).

Este es el tono de nuestro libro, concierto de detalles minuciosos que cuenta cómo se vivió aquello mientras intercala historias de amor, vida cotidiana e impresiones subjetivas. Se trata de un documento de viajes que fusiona sin mesura todo género posible. Es descriptivo, ensayístico, crítico, documental, lírico y narrativo. Tal vez una semilla del periodismo literario contemporáneo, cuya fuerza radica en su forma de sedimentar diferentes maneras de construir la realidad. Mediante un rigor que alterna lo real y concreto, el mundo propio de quien escribe no escapa de traer lo plural a su perspectiva: condiciones y formas de ver y vivir de otros. Cada capítulo abre con un epígrafe, que en el caso del VI, llamado “Frailes Sedicios / Una Insurrección”, va acompañado de uno firmado por “Derrick”, sin apellido, que reza:
“Y para atizar la llama y el rencor de los ánimos, los frailes dirigían perversas exhortaciones a los insurrectos. Son ellos, pues, la causa, la fuente y el origen de todas las contiendas e infortunios del país” (pp. 71).
En este apartado, el oficial inglés hace referencia a uno de los aspectos más complejos de la conducta humana en medio de las tragedias: convertirse en animal de carroña para alimentarse de otros que se encuentran heridos o muertos. Este comportamiento trasluce en la cacería de bienes y pertenencias de quienes no están, han fallecido o se encuentran ausentes por un lapso indeterminado de tiempo; y que por consiguiente pierden la posibilidad de cuidar lo que les corresponde.
“A su regreso, cuando atravesaba las calles de la ciudad, cubiertas de escombros, pudo darse cuenta de que los rotos –los lazzaroni de la América del Sur– se habían aprovechado, como suele ocurrir tan a menudo, del estado de confusión que prevalecía en todas partes, constituyendo bandas bien organizadas con fines predatorios. Enardecidos por su sed de pillaje, saqueaban las viviendas parcialmente derrumbadas. A las horribles escenas de devastación producidas por el terremoto, se sumaban ahora los actos de ferocidad con que aquellas gentes se disputaban el botín, o se confabulaban para luchar furiosamente contra los legítimos dueños que trataban de rescatar el resto de sus bienes” (p. 71).
En las páginas siguientes relata cómo los alrededores de la plaza mayor, la catedral y el palacio se hallan convertidos en ruinas. Pero esto no será impedimento para que algunos aprovechen la crisis para desviar las implicancias del fenómeno natural hacia las disputas políticas de la época emancipadora. Buena parte del apartado se dedica a relatar cómo soldados y simpatizantes del realismo desvían el infortunio vinculándolo a la ira de Dios y sus protegidos, los reyes, reales soberanos de las colonias recientemente revolucionadas. La historia venezolana se vio atormentada por el sismo, el proceso independentista se dilató y recrudeció. Interesante imaginar la importante reunión de factores que influyen en cuán manipulable sería la sociedad colonial de entonces, las complejidades de sus dinámicas, la presencia numerosa de esclavos, campesinos, mestizos e indígenas profusamente vulnerables a la deliberada siembra del pánico; sumado al impacto de la culpa, el temor y la propia dureza de la vida. Evocar el pasado desde nuestros días exige un ejercicio de autonomía imaginal a la que el oficial inglés nos conduce con soltura.
“En diversos puntos de la tarima alzada frente a la catedral, aparecían barbudos frailes capuchinos, cuya orden, formada casi exclusivamente por españoles europeos, era por tal motivo encarnizada enemiga de la causa patriota. En ese momento estaban arengando a voz en cuello, subrayando sus palabras con ademanes de teatral violencia, a un público heterogéneo de ciudadanos y campesinos, quienes escuchaban con evidente atención e interés sus enérgicas y caldeadas exhortaciones.
Entre otras consignas e imprecaciones que proferían aquellos agitadores, pudo distinguir claramente las de ‘Viva el rey’, ‘Abajo los insurgentes’, coreadas por diversos sectores de la comunidad allí reunida” (p. 72).
En la octava sección se dedica a narrar el sismo desde la posición de quienes se encuentran en prisión. Para nuestro presente venezolano ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cómo se vive un sismo privado de libertad, especialmente quienes se encuentran reclusos por cuestiones políticas. En este caso particular, lo mismo que la carroña, vemos que los doscientos años de distancia se dinamitan. Bajo el nombre, “El Calabozo / El Confesor / La Fuga”, leemos:
“... el bronco estruendo del terremoto, seguido de modo instantáneo por una conmoción que hizo estremecer la cárcel hasta sus cimientos (...). Precipitóse algo tambaleante hacia la puerta, con toda la rapidez que le permitieron su sobresalto y el movimiento vibratorio de la tierra; y al darse cuenta de que el guardián la había cerrado con doble llave (...) recurrió a todas sus energías para abrirla a la fuerza. Al ver que sus empeños eran vanos, comenzó a dar gritos: ‘¡Ave María Purísima! ¡Misericordia, Señor!’” (pp. 91).
La fe se revela como una moneda y sus dos caras. Por un lado castiga, y por otro salva. La fuerza de la religiosidad en nuestra sociedad no se diluye. Pedimos a nuestros abuelos, padres y familiares más allegados que nos bendigan. Nos persignamos al pasar frente a una iglesia, rezamos con fervor a cada una de las vírgenes patronas de las regiones. Nuestra fe es un componente vital de la cultura. Los venezolanos creemos en Dios y en los dioses, las supersticiones y fuerzas del más allá. Frente a las contingencias, en silencio, casi sin pensarlo, la oración nos acompaña. La elegía es una de las formas de expresión lírica más arraigada. Los cantos escolares, las misas semanales. Nos encomendamos a Dios y a todos los santos. Bautismo, comunión, confesión, confirmación, matrimonio. Imploramos a esa energía que nos excede, incluso para que contribuya a dotarnos de nuestra propia fuerza: con el favor de Dios, si Dios quiere, Dios te libre y te favorezca, ¿qué vas a pedirle al Niño Dios?
En el capítulo X, el oficial británico se ocupa de La Guaira y cómo se ha visto afectada la entrada al país por su puerto y sus aduanas:
“... la mañana siguiente al día del terremoto (...) llegaron a La Guaira. Al punto advirtieron que, pese a la devastación también producida allí en las edificaciones por tan espantable azote del cielo, los habitantes no revelaban, sin embargo, el menor asomo de aquella levantisca tendencia hacia el motín armado que amenazaba a la capital con los horrores de la guerra civil, para hacer aún más desolador el infortunio ya acaecido.
Tal como ocurre por lo general en los puertos de mar del continente hispanoamericano, en La Guaira era muy escaso el número de vagos y de rotos, si se comparaba con los que infestaban las ciudades de tierra adentro (...). Por otra parte, la guarnición era necesariamente más numerosa que la de Caracas, por el hecho de ser La Guaira uno de los puertos principales de Venezuela (...). Como el terremoto había arrasado la casa que poseía el gobernador, este se alojaba en una tienda de campaña dentro del propio arsenal” (pp. 111-112).

La poderosa sincronía de los hechos y narraciones leídos a la luz de nuestro presente motiva el ejercicio de relevo de este material. ¿Cómo es que la historia, el tiempo, anda en voluta? ¿Cuánto puede repetirse un escenario hasta dirigir su curso hacia otras réplicas? ¿El bien llamado porvenir sería un regreso al que aspirar poder caer mejor preparados? Asombra el calco de las situaciones en manos, ojos, experiencia de un extranjero en el territorio hace más de doscientos años. Ese ojo que nos mira y cuenta lo que habrá de quedar para revisar después. Sentada en la biblioteca, lejos, saco fotos a este material que se revela como eco de la prensa de estos días, sus horrores y fantasmagorías. También pululan cuantiosos trabajos especializados que dan cuenta de la inversión pública hecha para el armado de informes y proyectos que prueban las particularidades de nuestros suelos, las fallas geológicas que los cruzan, dónde sí y dónde no construir y cómo habría que hacerlo.
¿A dónde vamos a dirigirnos ahora? La pugna política también persiste. ¿Quién tomará las decisiones, las riendas? ¿Quiénes serán escuchados? Acaso, ¿no estamos preparados? (Trump dixit).
La fecha de publicación de nuestro libro y la institución que se ocupa de hacerlo indica que ha habido momentos de verdadero triunfo republicano. Se ha hecho país en el país. Se ha intentado no dejar perder bajo los escombros lo que podríamos ser y hacer. Invertir en traducciones, archivos, relevo y publicación de documentos. Fomentar el conocimiento transdisciplinar. No hay certezas de hacia dónde vamos, pero en la misma voluta de la historia hay resabios luminosos que llegan a la orilla desde la resaca.
¿Cuánto estamos dispuestos a rescatar, releer, que pueda ayudarnos a corregir cuán rotos quedamos cada vez que se repite nuestro sismológico devenir en espiral?
Acto I. Escena 3°. Epígrafe elegido por el narrador de El terremoto de Caracas por un oficial de la legión británica para el capítulo V, ‘La Capilla del convento / El terremoto’.
Betina Barrios Ayala (Barquisimeto, 1985)
Investigadora, lectora y docente. Durante los últimos dieciséis años ha vivido en las ciudades de Caracas, Buenos Aires y Nueva York. Trabaja con libros y escribe sobre arte y cultura a partir de intersecciones relativas al viaje, la experiencia y el paisaje. Tiene una pequeña galería llamada hören. Conduce el proyecto de investigación Afecto Impreso y experienceparoles es su página personal.


